Algunos aprendizajes que podemos extraer de la emergencia sanitaria que nos pueden servir para hacer frente a la emergencia climática

Alejandro Antonio Ayala Carmona, E.T.S.A. Curso 2018/19, Prof. Esteban de Manuel Jerez

(Publicado inicialmente en Andalucía Información el 18 de marzo)

Estos días estamos aprendiendo muchas cosas a la fuerza. Estamos aprendiendo qué es un estado de emergencia y como se responde al mismo. Hemos pasado prácticamente en 24 h de seguir nuestra vida cotidiana como si tal cosa, moviéndonos despreocupadamente al trabajo o el estudio, interactuando con normalidad (besos, choques de manos, abrazos, …), alternando en bares y comprando compulsivamente, a vernos recluidos en casa, pudiendo salir sólo para ir a trabajos considerados “de guardia”, comprar alimentos y lo básico para vivir, manteniendo distancias de seguridad entre nosotras, con bares, calles y plazas vacías. Estamos aprendiendo también que todas somos vulnerables y tememos por nosotros y nosotras mismas, por amigos/as y familiares que han contraído la enfermedad.

Antes de que por decreto nos viéramos en esta situación no éramos conscientes de que el calificativo “viral”, que usamos en las redes para hablar de memes, viene de que los virus se expanden exponencialmente sin que los veamos, que los datos que manejamos de infectados son la punta del iceberg, que todas podemos ser portadoras del virus sin saberlo y estar transmitiéndolo con nuestras distancias cortas, choques de manos, besos y abrazos, que el sistema sanitario puede colapsar si no tomamos estas medidas drásticas a tiempo.

De pronto la economía ha ocupado su lugar. Ha bajado de la cúspide y se ha supeditado a la vida, a la salud. De pronto hemos descubierto que eso implica una gran indefensión y vulnerabilidad para quiénes pueden verse por ello privados de sus ingresos y sin embargo mantienen sus gastos. Hemos visto cómo es posible lo inconcebible: que se planteen moratorias en impuestos, alquileres e hipotecas, que se ponga sobra la mesa una posible renta básica para atender la emergencia y generar seguridad. Porque sin generar esa seguridad no se podrán mantener las medidas de emergencia que nos permiten aislar al virus, y podemos vernos abocados a una explosión social. Y estamos viendo también que tenemos capacidad de reacción como sociedad, que somos más solidarios/as y cooperativos/as de lo que pensamos. Que somos parte de una comunidad que unida puede hacer frente a cualquier emergencia.

Hace unas semanas vivíamos en un estado, una ciudad y trabajábamos en una universidad que habían declarado la emergencia climática. Ahora sabemos que eran declaraciones de mentira porque seguíamos actuando igual, como si tal cosa. Una declaración de emergencia que no altera la vida cotidiana no es una declaración de emergencia.

Hoy sabemos que las medidas adoptadas para hacer frente a la emergencia sanitaria están demostrando infinitamente más eficacia para reducir gases de efecto invernadero que todas las Cumbres habidas por el Clima, que todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible que guían las acciones de todos los gobiernos, que todos los Planes de Acción por el Clima y la Energía Sostenible. ¿Y saben por qué? Porque todas esas declaraciones y planes de acción están pensados para no hacer frente a las causas de nuestra emergencia, para adormecer nuestra conciencia y seguir haciendo negocios como de costumbre, dejando a la economía y su búsqueda insaciable de beneficio monetario al frente de nuestras vidas, haciendo los sacrificios sociales que fueran necesarios para permitir a la economía seguir generando beneficios sin límites.

No somos capaces de ver o de asumir que eso no es compatible con un planeta finito, con recursos energéticos y  materiales finitos, con una capacidad limitada de absorber nuestros desechos, que se acumulan en mares de plástico recalentados, vertederos tecnológicos en el patio trasero y en una atmósfera tóxica para respirar y que no deja de acumular los gases de efecto invernadero que amenazan dislocar, para siempre, de forma incontrolable, irreversible y exponencial nuestro clima y los ecosistemas de los que depende la vida. No lo vemos o no lo queremos ver y seguíamos actuando como si no fuéramos hacia el abismo. Pero este parón nos da una oportunidad, como nunca hemos tenido, para pensar y para cambiar.

Hoy me voy a ocupar de abordar los cambios imprescindibles que debemos adoptar en nuestra forma de movernos cotidianamente y en la forma en que venimos distribuyendo y usando el espacio público. Voy a proponer medidas a bajo coste para hacer frente a la situación de emergencia en la que nos encontramos, por la confluencia de un amenazante cambio climático y una, invisible, pero cierta, carestía de la energía que hoy mueve el mundo.

El 95% de la energía que usamos en transporte procede del petróleo, el gas y el carbón acumulados durante millones de años. Recurso que estamos quemando en apenas un suspiro en la historia de la humanidad, en ese paréntesis en el que vivimos y que llamamos civilización industrial capitalista. Voy a plantear las premisas y esbozar las ideas fuerza que podemos aplicar de inmediato o de forma rápida si asumimos que estamos en emergencia. Elijo el tema del transporte y la movilidad porque es uno de los temas clave y que más rápidamente y drásticamente ha de cambiar para hacer frente a una situación crítica desde el punto de vista ambiental, social y económico.

Si queremos que los aprendizajes obtenidos durante este estado de emergencia sanitario nos permitan hacer frente a la más amenazante emergencia climática y de recursos energéticos disponibles, manteniendo la paz social, deberíamos acostumbrarnos a la idea de mantener nuestras ciudades y carreteras casi vacías de coches y otros vehículos en circulación, implementando alternativas y cambiando nuestras rutinas.

No deberían circular coches a motor que no estén plenamente ocupados: un coche con cinco ocupantes divide por cinco los gases de efecto invernadero per cápita respecto a un coche con un solo ocupante. Nos podemos organizar para compartir coches. Ya hemos aprendido a hacerlo en viajes por carretera con aplicaciones que se han extendido viralmente. Hagámoslo en la ciudad. Es una medida que no precisa inversiones en infraestructuras. Reduciríamos en un 80% las emisiones y alargaríamos cinco veces en el tiempo nuestras reservas de combustible.

No deberíamos circular en coche si tenemos la posibilidad de hacerlo caminando, en bicicleta o en patín. Reduciríamos en un 100% nuestras emisiones en desplazamientos de hasta 7 km, la mayoría de los que hacemos en una ciudad. Para que estos desplazamientos sean seguros basta con aplicar en todas nuestras ciudades la limitación de circular a más de 30 km/h bajo grave multa y pérdida de puntos en el carnet de conducir. Es una medida de emergencia que tenemos que asumir y que nos traerá aire limpio para respirar y ciudades más habitables. Los médicos no tendrán que obligarnos a andar por nuestra propia salud, ya lo haremos cotidianamente.

No deberíamos circular en coche cuando tengamos alternativas eficientes y económicas de transporte público. Para lograr mejorar la eficiencia de nuestro transporte público algunas medidas casi no requieren inversión y se pueden aplicar de forma inmediata: suprimir el acceso por una sola puerta haciendo cola mientras el conductor nos expende un billete o controla que tenemos tarjeta de viaje válida. Así se hace en trenes de cercanías y tranvías, se puede generalizar al resto del transporte público. Hay muchos ejemplos desde los años 70 de que es posible. Estamos tardando demasiado en generalizar las pequeñas innovaciones que son necesarias. Si combinamos esta medida con paradas adaptadas a la altura de los vehículos, como en trenes y tranvías, para asegurar la accesibilidad universal, y con plataformas reservadas para el transporte público, para que este no se vea interferido por el transporte privado (que por otra parte disminuirá drásticamente con este conjunto de medidas), podemos lograr que la velocidad de toda nuestra red de transporte público sea similar a la que tiene el metro, casi sin inversiones en infraestructuras. Si estas medidas las complementamos con un incremento progresivo de la flota de transporte público para mejorar la frecuencia y reducir los tiempos de espera en horas punta, tendremos resuelto el tema. Hay demasiadas ciudades que ya hayan hecho todo esto como para explicar por qué tantas otras están tan retrasadas.

Tenemos una red de autovías y carreteras que queda grande a la cantidad de coches que podemos mover con los recursos energéticos disponibles y con las emisiones a la atmósfera que nos podemos permitir. Reservemos espacio en esas autopistas para convertirlas en una red de transporte público electrificado, con pantógrafo, que es el modo más económico y rápido del que disponemos para implementarlo. Invirtamos en ferrocarril, adelantemos en lo posible los planes que ya tiene Europa para que en 2050 este sea el principal medio de transporte de personas y mercancías en distancias cortas, medias y largas. Combinando ambas medidas podremos, rápidamente, sustituir coches y camiones movidos por combustibles fósiles por transporte público y de mercancías electrificado.

Tenemos hasta 2030 para implementar estas medidas en su mayor parte. Todas las que afectan a las ciudades metropolitanas, y las suficientes para tener una red regional, estatal y europea de transporte no contaminante.

Estas medidas, lógicamente, precisan combinarse con otras que afectan, como nos dice la comunidad científica, a la forma en que producimos y consumimos energía, alimentos y productos manufacturados. Con medidas urbanísticas y sobre los edificios, para hacerlos autosuficientes energéticamente. Y por supuesto, con medidas sociales para que nadie quede en situación vulnerable y desprotegida como consecuencia de los rápidos cambios que tenemos que emprender. Pero eso será objeto de otros artículos. Podemos hacerlo. Sabemos cómo hacerlo. Estamos en emergencia, tenemos que hacerlo.

Esteban de Manuel Jerez, Prof. E.T.S. Arquitectura, Universidad de Sevilla

Un vaso de agua de cristal, por favor, Ilmo Sr Rector

A veces una pequeñísima anécdota es suficiente para ilustrar y aprender muchas cosas sobre cómo funcionan las comunidades humanas y las enormes resistencias que oponen a introducir cambios que parecen nimios. Vayamos con el relato de los hechos, extraigamos los aprendizajes, y acabemos con una pequeña acción, muy modesta, casi un ruego. Será un pequeño test que nos permitirá evaluar si hay, o no, esperanza para lograr objetivos que parecen improbables pero que son ineludibles para vislumbrar un futuro mejor.

Hoy teníamos una jornada de innovación educativa con Alicia, una profesora invitada de la escuela de arquitectura de Madrid. Camino de la sala me encuentro con Andrea, agente cultural organizadora del evento. Iba a comprar una botella de agua para la conferenciante. Le pregunté que por qué no llevaba una jarra y vasos de cristal y me respondió que la escuela sólo tiene vasos de plástico. Me extrañó porque hace ahora diez años, siendo yo subdirector de cultura, conseguí erradicar las botellas de agua y compramos jarras y vasos. Ya en el aula, la invitada logró su objetivo, provocar a los profesores y meterse en el bolsillo a los estudiantes. En eso fue una maga. Les presentó un proyecto muy innovador para la enseñanza del dibujo de arquitectura. Cien años después, la pedagogía de la Bauhaus sigue resultando rompedora e innovadora. Así están las cosas. Han pasado cien años y en la calle están pasando cosas. No estamos en la era de la exaltación de la máquina y la industrialización, estamos ante el colapso de la civilización industrial. No basta con el desarrollo de la capacidad creadora. Es necesaria enfocarla a salir del atolladero en el que nos ha metido la sociedad de producción, consumo y residuos en masa, en un planeta finito que ya está desbordado y dice basta.

En un momento dado, para ilustrar la relación del aprendiz con los objetos cogió la botella de agua y la volvió a soltar en la mesa. Alicia se había manifestado contra la organización de la educación en áreas de conocimiento y en departamentos, había cuestionado el alejamiento de la academia con la calle, con lo que está pasando, y estaba convencido de que aprovecharía la oportunidad para pronunciar algo en relación a qué hacia ese objeto, botella de plástico, encima de una mesa de una escuela de arquitectura, en pleno año 2020, siete meses después de que la Universidad declarara la emergencia climática. Lo dejó pasar. Nuestros estudiantes son muy sensibles a los mares de plástico. Los suyos al parecer también porque nos mostró una diapositiva de la exposición que hicieron como trabajo de fin de curso. No expusieron sus trabajos. Llenaron la escuela de residuos de plásticos y fue una decisión de ellas y de ellos. Una performance contundente que habla por sí misma de lo que está pasando fuera (y dentro). Mis estudiantes, en noviembre, en la primera culturada de la escuela, representaron el asesinato de la Tierra llenando el mapamundi dibujado en el vestíbulo de la escuela de residuos plásticos.

Performance El Asesinato de la Tierra. Diseño y fotografías de Isabel Villanueva Molina, estudiante de Dibujo de Ideación, 3º de arquitectura

En el turno de debate me levanté y cogí la botella de agua para preguntar qué hacía allí. Me parecía una contradicción pedagógica su presencia. Aproveché para preguntar a los estudiantes de primero de arquitectura si sabían que la universidad había declarado la emergencia climática y me confirmaron que no. ¡Sorprendente! Si estamos en emergencia ¿cómo no se informa a la comunidad universitaria? La declaración suscrita compromete la docencia y la investigación universitaria y las dirige a un fin: dar herramientas a las y los estudiantes para hacer frente al reto. Desde el conocimiento y activando su capacidad de actuar.  

Terminado el debate, me crucé con Juan, miembro del equipo de dirección y le pregunté qué podíamos hacer para que la escuela dispusiera de alternativas al vaso y la botella de plástico. Me dijo que él no podía hacer nada, que hablara con la Jefa de bedeles. La jefa de bedeles me dijo que decidieron no usar los vasos de cristal porque hay que lavarlos. ¿Cuál es el problema? ¿Quién los va a lavar? Mi personal no tiene asignada esa función y no se lo puedo pedir. Si tuviéramos un lavavajillas… habla con el administrador ¿Quién tendría la función de meter y sacar los vasos del lavavajillas? ¿Está eso previsto en la Relación de Puestos de Trabajo?, pregunté. No, me respondió, pero ya lo haríamos. No me convence, le dije. Y si pedimos un lavavajillas y luego no se usa porque nadie tiene esa función ¿Y el personal de limpieza? Pregunté. El personal de limpieza es personal externo. Es una contrata. Ah!, entonces la cuestión es incluir en el pliego de condiciones de contratación que el servicio de limpieza se ocupe de la limpieza de los vasos. Buena idea, me respondió. Pero vas a tener que hablar con el Rector. Está de campaña. Dile que lo incluya en su programa. Y lo voy a hacer.

Pero digo yo, ¿Qué lecciones podemos extraer de esta pequeña anécdota? Tirando del hilo de qué hace una botella de plástico en un aula y de por qué no hay vasos de cristal en una escuela de arquitectura hemos aprendido que: para dar solución a algo tan sencillo como que en las conferencias y en las aulas de arquitectura haya jarras y vasos de agua de cristal en lugar de botellas y vasos de plástico, hay que preguntar a un agente cultural, que te remite a un directivo, que te remite a una jefa de bedeles, que te remite al rector. Es decir, que un siglo después, El Castillo de Kafka sigue siendo la mejor representación de cómo el pensamiento burocrático domina la vida universitaria. O se cambian las Relaciones de Puestos de Trabajo para asignar a alguien la función de limpiar vasos, sea de forma manual, sea usando el lavavajillas, o es necesario redactar nuevos pliegos de condiciones en las contrataciones de personal externo para que recojan esa función.

También es ilustrativo de que usar una botella de plástico en una sala de conferencias como recurso pedagógico rompe los esquemas de la compartimentación del conocimiento. ¿A qué área de conocimiento corresponde ocuparse de ello? Yo creo que a todas, pero la respuesta correcta, a juzgar por los hechos, es a ninguna. Eso me dijo Alicia, la innovadora profesora que de la Bauhaus que se metió en la máquina del tiempo para darnos lecciones de como innovar con cien años de retraso. Y cuando llegamos a la conclusión de que de un modo u otro, hay una solución para este sencillo problema, la iniciativa del mismo no la va a tomar ni la dirección de la escuela de arquitectura, ni la jefa de bedeles, ni el responsable de administración. La va a tener que tomar un estudiante, o un profesor, o algún miembro del personal de administración y servicios y va a depender de que el rector lo incluya en su programa y luego lo cumpla.

Y ahora vamos más allá. Estamos en una universidad que ha suscrito el compromiso de ser neutra en emisiones de carbono en 2030. Me voy al programa del candidato a rector y no encuentro ninguna mención a cómo piensa hacerlo. Nada indica que el tema esté incluido en los objetivos de docencia, investigación e infraestructuras. Hay algunas vaguedades que podrían apuntar en esa dirección. Pero no hay un plan que haga creíble que podemos esperar que el Campus de la Universidad de Sevilla sea neutro emisiones de CO2 en 2030. Pero aún hay esperanza. Vamos con el ruego. Candidato a Ilustrísimo Señor: ¿tendría a bien incluir en su programa publicado, en alguna de las líneas estratégicas, objetivos y compromisos, qué medidas va a tomar para erradicar las botellas y vasos de plástico del Campus universitario? Voy a estar atento al enlace a su programa para ver si lo actualiza y le agradeceré públicamente si atiende este sencillo ruego.

El impacto sobre el planeta, como la distribución de la riqueza, va por barrios

Gráfica tomada de Florent Marcellesi

Hoy publica eldiario.es las conclusiones del informe presentado en la COP25 por parte de Intermond Oxfam, sobre la relación entre desigualdad y crisis climática. El informe pone de manifiesto algo obvio: hay una correlación estrecha entre consumo de recursos y emisión de residuos, (entre ellos los gases de efecto invernadero), y distribución de la riqueza. Los ricos consumen más y contaminan más. Obvio. Esto es válido dentro de sociedades como la española y ciudades como Sevilla y, por supuesto, entre países. La responsabilidad en el cambio climático, como la desigualdad, va por barrios.

A mí me gusta explicarlo con esta gráfica que tomé de Florent Marcellesi hace varios años. La uso en mis clases y conferencias. La última vez el martes en la Universidad de Málaga, invitado por mis compañeros del Máster habilitante de arquitectura. Participé en una asignatura cuyo tema es la eficiencia energética. Es necesario e imprescindible avanzar rápidamente en esa dirección. Pero es preciso saber que no es suficiente y que es clave actuar para reducir el consumo de recursos y emisiones de manera global. Repensando desde una nueva escala de valores, la forma en que satisfacemos nuestras necesidades, dentro de los límites de este hermoso planeta finito que estamos agotando y que está diciendo ¡basta!

Las conclusiones del informe del IPCC 2018 son claras como el agua: es preciso repensar la forma en que producimos y consumimos, comenzando por la energía pero extendiéndolo a todo tipo de recursos. Es preciso repensar cómo nos movemos, como nos alimentamos, como organizamos nuestras ciudades y edificios. ¡Casi nada! Y esto requiere poner en valor las dos grandes “R” del decrecimiento según Serge Latouche: Repensar y Re-evaluar (reordenar nuestra escala de valores). No es posible dar solución a nuestros grandes retos, en tan estrecho margen de tiempo como el que disponemos para evitar un escenario catastrófico para la vida humana y no humana, dentro del marco del crecimiento. Es preciso un cambio de paradigma. No es posible, ni deseable, hacerlo en el marco del crecimiento que preside la lógica de los Objetivos de Desarrollo Sostenible ni del Gran Acuerdo Verde que propone la Unión Europea: no basta cambiar rápidamente el modelo energético, aunque es condición necesaria e imprescindible. Es preciso presentar una moción a la totalidad al capitalismo, a su forma de entender el mundo, mercantilizada, a sus valores de lucha de todos contra todos. Y no hay vía socialdemócrata verde para lograrlo porque no hay recursos en el planeta para crecer en la producción y el consumo para luego distribuir con los excedentes.

Volvamos a la gráfica que es muy ilustrativa para sacar conclusiones. La Huella Ecológica global supera 1,6 veces la capacidad del planeta. Nos corresponden 1,8 Ha/hab para satisfacer nuestras necesidades y absorber nuestros residuos. Hay países que no llegan a usar esa superficie y hay países que superan por 3-5 ese límite: los “desarrollados”. Por otra parte, en el eje vertical se representa el Indice de Desarrollo Humano (0-1). Por encima de 0,8 podemos hablar de un límite elevado (alta esperanza de vida, buen nivel educativo y renta per cápita suficiente). Hay países que tienen que incrementar su desarrollo humano, satisfaciendo sus necesidades dentro de los límites, y hay países que tienen que reducir su Huella Ecológica para lograr satisfacer sus necesidades dentro de los límites: Todos están en transición. No podemos seguir hablando de países desarrollados ni países en vías de desarrollo porque los llamados desarrollados viven por encima de las posibilidades del planeta, siendo altamente ineficientes en la forma de satisfacer sus necesidades. Es imposible que todos sigan su ruta. La gráfica tiene un cuadrante en la parte superior izquierda que señala que está vacío o casi: todos los países tienen que moverse, transitar, para entrar en ese cuadrante.

La gran transición que tiene que emprender la humanidad para satisfacer sus necesidades de forma equitativa dentro de los límites es incompatible con las necesidades de seguir creciendo en producción y consumo que tiene la economía capitalista. No hay Acuerdo Verde posible dentro del marco de la economía del crecimiento. Ni es posible insistir en esa vía, si queremos hacer frente a la #EmergenciaClimática ni es posible seguir haciéndolo, salvo que haya una reducción drástica de la población, tras una gran crisis bélica. Hay una parte del capitalismo que apuesta claramente por seguir extrayendo recursos y seguir contaminando en beneficio de una minoría superviviente, propiciando la guerra por los recursos y el espacio vital. Para lograr su objetivo precisan inocular ideologías del odio. Esas ideologías del odio han logrado el gobierno de EEUU, Brasil, parte de los países de Europa del Este y han irrumpido con fuerza en España: sus votantes son la carne de cañón que precisan como lo fueron en la Alemania de Hitler y en la Italia de Mussolini. Primero les piden el voto, luego les pedirán que expongan sus cuerpos el campo de combate

Podemos concluir que estamos en una encrucijada. Agotada la vía del crecimiento capitalista, en su versión ultraliberal o socialdemócrata, no hay margen para un Acuerdo Verde dentro de su lógica. Ya no es posible seguir creciendo y por tanto no podemos seguir confiando al crecimiento el avance hacia una sociedad más justa y equitativa. O somos capaces de escalar en muy poco tiempo el cambio cultural (forma de pensar y de evaluar) ya en marcha (en forma de economía ecológica y solidaria, emprendiendo una gran transición de abajo a arriba con apoyo desde las instituciones), o nos vemos abocados a escenarios dominados por el miedo y la frustración que serán rentabilizados y canalizados por las ideologías del odio, las de “América Primero”, “España Primero”, “Andalucía Primero”, “Lepe Primero”. Ideologías que como las que promovieron la Segunda Guerra Mundial en busca del Espacio Vital necesario para los de “Nosotros Primero”, pretenden resolver la reducción de recursos mediante la vía de la guerra. Esta vía ya empezó a finales del siglo XX, cuando las crisis del petróleo amenazaban el funcionamiento de las economías capitalistas. Pero agotadas las jusficiaciones “débiles” que sustentaron esas guerras, precisamos de las justificaciones fuertes de los Trump, Bolsonaro y sus aprendices españoles y europeos. Frente a esa amanaza sólo tenemos una vía posible: la de la pedagogía social, la de los valores de la solidaridad y la cooperación. Somos interdependientes, vivimos en un planeta finito. Podemos vivir mejor con menos consumismo y más tiempo para lo importante, con un reparto más equitativo de los recursos.

¿Puede una plataforma de contenedores inundada convertirse en una ciudad inclusiva?

Plataforma de Contenedores, Puerto de Cádiz. Fuente: Esteban de Manuel Jerez

Ese es el tema que les hemos propuesto este curso a los estudiantes de tercero de arquitectura en el Taller 3 y Taller 4. Bueno, en realidad no hemos lanzado la pregunta exactamente así. Les hemos pedido que transformen la vacante plataforma de contenedores del puerto de Cádiz en un barrio pensado para la acoger e integrar migrantes llegados en patera a las costas de la provincia. Como quiénes tienen que pensarlo son arquitectos en formación, hemos partido de tres supuestos que tienen en común un principio básico: ignorar las limitaciones que impone la realidad.

1/ No hay límites económicos a la imaginación de un arquitecto o arquitecta. Esto que en el 95-99% de lo que se construye es falso, es sin embargo desmentido en una minoría de casos, que son precisamente los más admirados en las escuelas de arquitectura. Lo que el arquitecto dibuja se puede hacer realidad cueste lo que cueste. Ejemplos de que ello es así los hay por todas partes. En Sevilla basta mirar el presupuesto de “Las Setas de la Encarnación” y el coste real de llevar a la realidad el diseño dibujado en 3D. No sólo no ha tenido consecuencias para los responsables políticos y técnicos, sino que cuenta con el aplauso fotográfico de la inmensa mayoría de los contribuyentes y de la propia universidad, que ha creado una cátedra para poner de relieve las aportaciones de tan magnífico proyecto. En este caso, el destino sobre la plataforma de Cádiz dibujado por los estudiantes, además de tener vía libre de cualquier consideración económica vinculada a los costes de construcción, debe ignorar explícitamente las expectativas de la propiedad del suelo, la Autoridad Portuaria.

2/ No hay límites sociales a la imaginación de un arquitecto o arquitecta. La cuestión del alojamiento de migrantes y refugiados es un tema socialmente sensible. Organizaciones como Fundación CEAR trabajan en mejorar los protocolos de acogida a los migrantes que solicitan protección internacional. El Sistema de Acogida e Integración está hoy desbordado en su inicio, por falta de plazas, y presenta enormes incertidumbres en su final.  Como en toda Europa, han llegado a la conclusión de que una vez los refugiados están en disposición de integrarse en la sociedad, las viviendas que se les ofrezcan deben estar dispersas y distribuidas equitativamente para evitar que se creen guetos de migrantes. El principal problema al con el que se encuentran es común al del resto de los españoles: la falta de ofertas de empleo y las enormes dificultades para acceder a un alquiler asequible de la vivienda. En el extremo opuesto, más de tres millones de españoles han llevado a 52 diputados al congreso que han centrado su campaña, con éxito sobresaliente, en hacer de los migrantes, sobre todo si son menores de edad, los chivos expiatorios de todos los miedos presentes y futuros de sus votantes. En ese contexto nuestros estudiantes están diseñando un barrio de acogida para migrantes que no debe estar atado ni a los protocolos establecidos para los solicitantes de la condición de refugiados ni a una sociedad que, en una parte muy significativa, se rebelaría ante el hecho de que, el único trozo de Cádiz que hoy puede ser edificado, sea destinado a barrio de acogida para migrantes.

3/ No hay límites ambientales a la imaginación de un arquitecto o arquitecta. La plataforma de contenedores de Cádiz, como buena parte de la fachada de Cádiz a la bahía, se verá sometida a procesos de inundación por efecto del calentamiento global. No a finales de siglo, a partir de 2030. Lo hemos sabido cuando hace unas semanas se hizo público el informe de Climate Central. Es la conclusión de un estudio detallado que ha modelizado el impacto en el litoral de todo el mundo con los datos disponibles hoy. Cuando el Diario de Cádiz se hizo eco de la noticia daba cuenta de que la Autoridad Portuaria, ha renunciado a sus proyectos urbanísticos sobre la plataforma por considerarlos inviables por esta causa. Sin embargo, los estudiantes de arquitectura son animados a ignorar esta espinosa realidad y a seguir proyectando un barrio inundado para migrantes que será ejemplo de ciudad inclusiva.

En rojo, las zonas que quedarían inundadas según el estudio. Fuente: CLIMATE CENTRAL

Es un ejemplo reciente entre centenares que año a año se proponen para formar a los arquitectos y arquitectas. Idear un trozo de ciudad como si esas limitaciones económicas, sociales y ambientales no existieran. La justificación pedagógica explícita de este planteamiento es que ya tendrán que enfrentarse a esas limitaciones cuando terminen la carrera y tengan que pelearse con promotores, técnicos municipales y delegados de urbanismo. Como esa será la tónica durante toda su vida profesional, el mejor modo de prepararlos para ello es mantenerlos en la santa ignorancia y pedirles que dejen volar su imaginación en base a estos tres principios no explicitados pero asumidos por una buena parte del conjunto de profesores y estudiantes.

Las inundaciones que se produjeron en La Laguna en 2008. 
Fuente: JULIO GONZÁLEZ en Diario de Cádiz

Llevo toda mi vida, desde que era estudiante, rebelándome contra ello, y allí dónde tengo la responsabilidad docente procuro que mis estudiantes aprendan herramientas para transformar la realidad partiendo de la realidad. Este año, con estos mismos estudiantes, en el curso de dibujo estamos trabajando ideas para el Plan de Acción de Emergencia Climática de la Universidad de Sevilla. El caso de estudio es el Campus y barrio de Reina Mercedes. El objetivo es convertirlo en el primer barrio neutro en emisiones de efecto invernadero de la ciudad. Cuando participo en asignaturas colegiadas en las que no tengo capacidad de influir en el planteamiento sólo me queda poner de manifiesto las contradicciones y pedir a los estudiantes que hagan una suspensión voluntaria de la incredulidad ante lo que se les propone para tratar de aprender arquitectura a pesar de todo.

Le contaba este fin de semana, en Granada, esta anécdota a mi amigo Jose, que se define como arquitecto, pero no mucho. “Es como en el Titanic, (me decía). El barco va directo al iceberg y los profesores y estudiantes de arquitectura, como el resto de la sociedad, siguen en cubierta tocando sus instrumentos imperturbables”. ¡Qué le den a la realidad!

Tres respuestas antagonistas a la crisis socioecológica

Empieza a abrirse camino la idea de que estamos en emergencia climática, ante las aplastantes evidencias científicas y las conclusiones presentadas por los expertos en clima de la ONU. Su informe de 2018, Calentamiento Global de 1,5ºC, nos advierten de que es preciso tomar medidas urgentes y de una ambición sin precedentes, de aquí a 2030, para no superar este límite. Las consecuencias de no hacerlo son destructivas para ecososistemas básicos para el mantenimiento de la vida y nos llevarían a un punto de no retorno de consecuencias catastróficas. No es catastrofismo. No nos dicen que vamos irremediablemente hacia la catástrofe. Pero advierten que necesitamos un cambio disruptivo en las formas de producir y consumir, movernos, alimentarnos, ordenar las ciudades y el territorio. Y eso implica un giro de objetivos y de formas de pensar y de ordenar nuestros valores. Con la inercia de las últimas cuatro décadas, manteniendo la hoja de ruta actual ampliamente consensuada por la comunidad internacional y por partidos y sindicatos, no es posible lograr el objetivo. Pero no podemos cerrar la puerta a que se produzca un cambio en la percepción del riesgo por parte de la sociedad que haga posible ese giro que parece altamente improbable. No todo el mundo lo ve igual, lógicamente. Hay visiones optimistas, hay visiones pesimistas y hay visiones esperanzadas.  También hay visiones que niegan el problema: el capitalismo sucio exitoso de Trump y compañía y el anticapitalismo productivista.

1/ La visión optimista del capitalismo verde.

Para esta visión, fundada en el mito tecnológico, el libre mercado autorregulado resolverá la crisis ecológica. El pacto que lo hará posible se llama Objetivos de Desarrollo Sostenible, cuyo objetivo principal es el crecimiento económico, piedra angular de los demás.

Centra su atención en la transición energética. Basta sustituir la dependencia de energía fósil por energías renovables. Las grandes empresas lo resolverán con gigantescos parques termosolares ubicados en los desiertos, como los pioneros que tenemos en Écija y Sanlúcar La Mayor. Resuelve la producción de alimentos con su biotecnología de transgénicos adaptados al cambio climático de la mano de Monsanto y compañía. El transporte sostenible se resuelve sustituyendo coches movidos por petróleo por los mismos coches movidos por electricidad generada por energías renovables.  La cultura del usar y tirar la cambiarán las empresas que apuestan por la economía circular sin necesidad de que nos preocupemos de cambiar nuestros hábitos de consumo. Es atractivo tanto para la derecha como para la izquierda que se ponen de acuerdo en municipios y gobiernos para avanzar por esa senda. El crecimiento económico con empleos decentes los une en el OBJETIVO 7. No se concibe ninguna economía que pueda satisfacer las necesidades humanas sin parar de crecer.

Esta forma de pensar choca sin embargo con algo tan de sentido común como que vivimos en un planeta finito, con recursos no renovables finitos y recursos renovables que no podemos explotar por encima de su capacidad de reproducción. Es una vía muerta hacia el futuro porque ya ha chocado con sus límites y ya no puede seguir creciendo. Acelera el colapso económico y social. En esta vía, a nivel político, se puede elegir entre la derecha conservadora-liberal del PP y la liberal de ciudadanos, y entre la izquierda social-liberal del PSOE y la izquierda socialdemócrata reformista de UNIDAS PODEMOS. En el eje igualdad-desigualdad, mercado-estado, dirimen sus ofertas dentro del marco del crecimiento, con más o menos proporción de mercado y de estado, con más o menos reparto de la riqueza generada. Hasta la próxima crisis económica, ya en puertas.

2/ la visión pesimista del anticapitalismo ecosocial

Es una visión bien informada. El capitalismo necesita crecer y acumular para justificar resultados ante sus accionistas. Su lógica de crecimiento de la desigualdad es implacable y lo será aún más conforme vayan menguando los recursos. La crisis ecológica la ha producido el capitalismo, para resolver la crisis ecológica hay que acabar con el capitalismo. Ya es tarde para una agenda de desarrollo sostenible. El colapso es inevitable. Tiene una versión comunista que sólo es anti y centra su atención en el conflicto social y hay una versión alter, que propone trabajar en alternativas sociales y económicas desde abajo que creen comunidades resilientes.

No hay posibilidad de volver a un estado de bienestar porque ya no disponemos de los recursos para ello. El capitalismo está condenado a crecer y no es posible desacoplar el crecimiento económico del crecimiento del consumo de recursos no renovables. No hay recursos para sustituir una sociedad en crecimiento basada en energías fósiles de alto rendimiento por energías renovables de bajo rendimiento y muy dependientes. No hay recursos para mantener el modelo agroindustrial de la Revolución Verde ni de la cuarta revolución industrial. No hay recursos para sustituir el modelo de transporte basado en el coche de motor de combustión por el de motor eléctrico. No hay recursos para una economía circular que siga creciendo

Si se analizan las gráficas de crecimiento del PIB y del crecimiento de las emisiones de CO2 se ve que no es posible reducir las emisiones sólo cambiando rápidamente las energías fósiles por renovables. Si se analizan las gráficas de extracción de recursos fósiles, de uranio, de fosfato, de cobre, no hay margen para seguir creciendo.  La solución es acabar por el capitalismo y la vía la revolución. Sin embargo, son conscientes de que esa vía no es posible a tiempo y por eso anuncian el inevitable colapso y nos invitan a prepararnos para él.

Es una vía antipolítica: no confía en que se puedan impulsar políticas públicas de transición que partiendo del capitalismo nos lleven a un post capitalismo. Esa preparación para el colapso va de la mano de impulsar alternativas desde la sociedad de manera colectiva: energéticas, alimentarias, de vivienda, a través de cooperativas. A modo de monasterios medievales las ecoaldeas y las iniciativas urbanitas creadoras de bienes comunes, tendrán alguna posibilidad de iniciar una nueva civilización tras el colapso de la civilización industrial. Pero el mundo en el que lo harán será inhabitable dado que no va a ser posible detener el cambio climático dentro de unos límites de seguridad. No es posible hacerlo desde la política institucional ni tampoco se espera una revolución. La historia sin embargo nos enseña que los cambios de sistemas económicos no son rápidos. Desde luego no se producen en una década, que es el tiempo de reacción que tenemos.

Este discurso es atractivo a una minoría ilustrada activistas de resistencia. Estéticamente es irreprochable. Pero, ¿nos podemos permitir quedarnos contemplando como llega el colapso para decir en 2030, teníamos razón? Me genera muchas dudas desde la ética política.

3/ La visión esperanzada en la transición ecosocial hacia sociedades postcapitalistas

Comparte con la anterior lo fundamental del análisis, pero adopta una estrategia diferente, de síntesis, que apuesta decididamente por las políticas públicas de transición hacia una sociedad post capitalista. Es necesario llegar a las instituciones y llegar a acuerdos de gobierno que nos permitan frenar a tiempo y potenciar el cambio socioecológico, iniciado desde abajo, que ya está creando alternativas post capitalistas. Las palabras que usa para nombrarlas están sujetas a disputa con el capitalismo verde, que se las apropia y reconduce rápidamente. El Green New Deal que propugna esta vía, el Nuevo Contrato Social Ecológico o Desarrollo sostenible fuerte, es decrecentista frente al crecentista. Propone un pacto por Objetivos de Decrecimiento Sostenible, frente a los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

El decrecimiento, de extracción de recursos y de emisión de residuos como vía para lograr un equilibrio que permita satisfacer las necesidades humanas presentes y futuras es el camino. El PIB no es un indicador válido. Es la reducción de la Huella Ecológica, hoy globlamente 1,6 veces superior a la capacidad de recuperación del planeta, el indicador que nos debe orientar en el camino. Unido a indicadores de Desarrollo Humano: de esperanza de vida, de salud, de educación, de democracia participativa, de equidad en el reparto de la riqueza socialmente producida, de igualdad entre hombres y mujeres en poder de decisión, económico y de reparto de trabajos productivos y de cuidados. Crecimiento en valores de solidaridad, autocontención, compasión, sororidad y fraternidad, justicia social, igualdad. Decrecimiento en valores competitivos, egocéntricos, antropocéntricos, autodestructivos.

Esta vía promueve un gran pacto social para la transición socioecológica, fundado en la pedagogía social, que busca escalar soluciones de economía social combinadas con políticas públicas potentes. Es la vía de los Verdes. A esta vía los anticapis la llaman capitalismo verde pero no es así, aunque es preciso estar alerta. El camino de transición lleva a la sustitución de la agricultura y la ganadería industrial por la agroecológica, de los oligopolios energéticos por un tejido de cooperativas y empresas municipales de energía renovable, de las SOCIMIS que acumulan viviendas a precios inasequibles por cooperativas de vivienda y vivienda públicas en alquiler asequible, de la cultura consumista de usar y tirar por el consumo responsable, de la educación para la competitividad y el crecimiento de la economía a la educación cooperativa para la transición ecosocial.

Es un camino hacia un nuevo modelo de producción y consumo que efectivamente tendrá que ser circular, de residuos cero, que imite a la naturaleza y su sabia ecoeficiencia y no la suplante. Un camino hacia un nuevo equilibrio entre campo y ciudad en el que el mundo rural jugará un papel determinante. Necesitamos un mundo rural vivo que impulse una reforestación comunitaria a gran escala para generar gigantescos sumideros de carbono, creando una  economía rural generadora de biomasa, de ganadería extensiva, de agroecología, de autosuficiencia energética.

El cambio de modelo de movilidad y transporte se hará mediante la alianza entre transporte público eléctrico eficiente y movilidad activa en bicicleta y caminando, combinada con ultraligeros vehículos eléctricos de movilidad personal. Con menos coches en las ciudades y las carreteras. Con más espacio público vivo para el encuentro y menos grandes superficies comerciales.

Sólo podremos lograr ese gran pacto social por una transición ecológica con más participación, con más y mejor democracia, con más igualdad entre hombres y mujeres, con más solidaridad y cooperación entre regiones y entre generaciones.

Como nos enseña Concha Sanmartín, “las revoluciones bruscas no dan lugar a cambios estructurales permanentes. A veces, pueden ser el inicio para ello, pero a costa de mucho sufrimiento. Las revoluciones tranquilas de los valores y los modos de vida han sido siempre más eficaces en la historia, para bien y para mal”.

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