En un seiscientos blanco llegó

No era blanco, era color beige, pero me viene a la mente la canción de Kiko Veneno, que forma parte de la banda sonora de mi vida y me permito esta licencia. Todas las mañanas, a las nueve menos veinticinco, y todas las tardes, a las tres y cinco, paraba un seiscientos beige en la esquina de Portón de Tejeiro con Alhamar y el conductor empezaba a tocar el claxon. Pi, pi, piiii, piihiihiih. Era un ruido chillón, medio afónico, agónico en su desesperación.

Los estebitas, los hijos de Esteban y María Angustias, otra vez llegaban tarde. Don Antonio Gálvez, director del colegio Juan XXIII se sulfuraba y daba golpes al volante al comprobar que no había servido de nada la bronca del día anterior. Desde el sexto E de Portón de Tejeiro 20, desde la habitación del fondo en la que comíamos, oíamos el pitido y dejábamos la comida en el plato, cogíamos la cartera de cuero y el anorak y salíamos disparados hacia el ascensor. Todo ello apremiados por mi apurada madre, desesperada de que nuestra pesadez al comer, no comíamos bien, nos hiciera llegar casi siempre tarde. Aún se las apañaba para pelearse con nuestro pelo revuelto, peine en mano, y dejarnos un poco más presentables mientras esperábamos que subiera el ascensor. ¡Venga deprisa, que Don Antonio está esperando! ¡Como si no lo supiéramos! ¡Como si no lamentáramos la bronca, merecidísima, que nos iba a caer! Pero era superior a nuestras fuerzas. Una y otra vez llegábamos tarde. El tiempo se hacía eterno mientras bajaba el ascensor dónde entrábamos apretujados con las carteras de cuero a la espalda y con las dos puertas abatibles, de color rojo, cerradas ante nuestras narices. Luego salíamos corriendo hasta el portal y, ya en la calle, hasta la esquina dónde nos esperaba Don Antonio subido en su seillas, con su nieto Ramoncín ya a bordo. Don Antonio se estiraba para abrir la puerta del copiloto y echaba el asiento hacia adelante, para que pudiéramos ingresar atrás, mientras nos iban cayendo sus maldiciones que soportábamos estoicamente sin rechistar. Ramoncín nos recibía con mirada pícara.

Ramoncín, de la edad de Luis, y su hermana Charito, un año menor, eran casi más primos que amigos nuestros. Sus padres Ramón y Techi eran íntimos de mis padres y los llamábamos titos. Tito Ramón y Tita Techi. Nos pasábamos la vida juntos desde la más tierna infancia. Don Antonio recogía a su nieto, que vivía en el piso de arriba de su casa, en la Calle Conde Cifuentes, a dos manzanas de la nuestra. Vivíamos en su ruta hacia el colegio y nos hacía el favor de llevarnos. Eso significaba cargar en la parte de atrás del seillas hasta cuatro chiquillos separados por cuatro años de edad, cuando Jesús, el menor de los cuatro, se incorporó al colegio estando yo, el mayor, en quinto curso. Luis y Ramoncín, dos años menores que yo, iban juntos a clase y eran uña y carne, igual de divertidos ambos, siempre riendo, siempre haciendo el ganso dentro de los límites que permitía la parte de atrás del seiscientos y la santa paciencia de Don Antonio.

Don Antonio, el Keko, era un hombre bondadoso, de cara ancha, facciones redondeadas, papada, pelo ralo blanco, con un fuerte carácter que se reflejaba especialmente en sus ojos claros, en su mirada, que llegaba a ser furibunda cuando se enfadaba. Era una imprudencia enfadarlo. No siempre se enfadaba por nuestra causa. La mayor parte de las veces se enfadaba por culpa de Franco. Cuando lo hacía sus manos se agitaban mientras conducía haciendo aspavientos y golpeaba y soltaba el volante. Nos daba lo mismo lecciones de política que sobre la importancia de la puntualidad. Era una falta de respeto imperdonable ser impuntuales. “Hay gente que nace para esperar y gente que nace para llegar tarde. Vosotros sois de los que llegaréis tarde toda la vida”, nos espetaba. Maestro republicano, represaliado y luego rescatado para la enseñanza, asumió la dirección del Colegio Juan XXIII de la Chana a petición de Don Rogelio Macías, el sacerdote promotor de los tres colegios que con el mismo nombre dieron servicio a los tres barrios obreros surgidos en la periferia de la ciudad de Granada. El Zaidín, La Chana y Cartuja.

Me subí al seiscientos por primera vez en el 15 de septiembre de 1971, cuando mis padres me matricularon para empezar segundo curso de primaria. Entonces iba yo sólo en el asiento de atrás. Para Don Antonio yo era Estebita. Por las mañanas, después de desearnos los buenos días, arrancaba el motor y bajábamos por la calle Alhamar. Al fondo se veía la Vega, detrás del paseo arbolado con grandes Plátanos de Indias del Camino de Ronda. En la esquina de Alhamar con el camino de Ronda se subía Doña Angelita, una joven y guapa maestra del Padul. Doña Angelita y Don Antonio se pasaban el camino conversando sobre la actualidad, es decir, sobre Franco, pero nos dejaban meter baza y preguntar. En el seillas se habló de las protestas y huelgas de principio de los setenta, que en Granada se saldaron trágicamente. También del atentado de Carrero Blanco y de cómo el nombramiento de Arias Navarro dejaba las cosas claras. ¡Franco lo va a dejar todo atado y bien atado!, decía Don Antonio con desesperación, golpeando el volante.

Recuerdo que solíamos llegar al colegio justo antes o justo después que La Corraleta, como llamaba Don Antonio Gálvez al Renault 4L cargado de Corrales, los hijos de Don Antonio Corral, maestro de primaria y padre de mi amigo íntimo Francisco Corral.

Durante los cinco años consecutivos que mediaron desde ese 15 de septiembre de 1971 hasta que Don Antonio Gálvez se jubiló, yendo y volviendo del colegio, vimos cambiar rápidamente el Camino de Ronda al tiempo que se veía cada vez más cerca el final de la dictadura. Aunque nadie se fiaba mucho de lo que pasaría después. Se talaron sus árboles para ampliar la calle y se empezaron a levantar bloques en altura que impedían ver la vega. El paseo arbolado abierto a la vega se convirtió en un largo túnel a cielo abierto flanqueado por altos paredones. En ese seiscientos, que no era blanco, hablábamos cada día de las últimas noticias sobre la lenta agonía del dictador y de las perspectivas que se abrirían tras su muerte. El dictador, que parecía que iba a vivir siempre, finalmente murió. ¡Españoles, Franco ha muerto! Así nos lo anunció el presidente del gobierno, el 20 de noviembre de 1975. Pero Don Antonio no se fiaba de Franco ni después de muerto. Y Arias Navarro, con su cara triste y compungida seguía gobernando.

Hubo un día, en plenas vacaciones navideñas, en que el seiscientos nos sorprendió pitando en la esquina de siempre mientras comíamos en el cuarto del fondo. Pi, Pii, Piiihihiii. Mi padre llegó corriendo apurado para meternos prisa. ¿No lo estáis oyendo?, ¡Don Antonio os está esperando en la esquina! No puede ser papá, estamos de vacaciones. ¿No habéis escuchado la radio? El gobierno ha suspendido las vacaciones, replicó mi padre. De Franco nos esperábamos cualquier cosa y el seiscientos sonaba desesperadamente. Pi, Pii, Piihihiiihiiii. Así que no lo nos lo pensamos más. Cogimos nuestra cartera y salimos corriendo a las tres y cinco minutos de la tarde, con la comida todavía en la boca. Ya en el ascensor, con los abrigos puestos, las mochilas a la espalda, mientras nuestra madre nos repeinaba, mis padres en lugar de cerrar la puerta del ascensor se pusieron a cantar, por primera vez en nuestra vida, “inocentes, inocentes, inocentes”. Y a los tres angelitos, que incrédulos mirábamos, levantando las barbillas, las bocas cantantes de nuestros padres, desde el interior del ascensor, se nos puso una cara de inocentes gilipollas que no se podía aguantar. Así descubrimos lo que se celebraba el 28 de diciembre y así perdimos la inocencia. Así empezó la Guerra de Los De Manuel Jerez. Guerra discontinua que se celebraba un solo día al año, cada veintiocho de diciembre. Pero esa es otra historia y será contada en otro lugar.

Don Salvador

José Sacristán en Un Lugar en el Mundo

El paso de Don Luis a Don Salvador, de segundo a tercero de primaria, supuso para mí algo así como pasar el Cabo de Buena Esperanza, tras un año de navegación con viento en contra. Supuso coger vientos favorables y descubrir nuevos horizontes. Me cambió la vida para siempre. A Don Salvador lo tengo como mi primer Maestro. Me inoculó el gusto por aprender. Pasé de odiar ir al colegio a tener una curiosidad insaciable. A partir de ese año me pasé el día preguntando, en clase y en casa, a todos los adultos que tenía a mi alcance.

Recuerdo a Don Salvador como un hombre bueno y paciente, de mediana edad, pelo entrecano, que transmitía paz con su expresión, su tono de voz y su forma de hablar. Don Salvador usaba fundamentalmente las parábolas como método de aprendizaje. Con ellas lo mismo te explicaba matemáticas que religión. Solía empezar aproximadamente así. Imagina que eres un pastor que estás en las montañas con tus cabras y tus ovejas, lejos del pueblo. No tienes a mano ni un lápiz ni un papel. Y allí, sentado en una peña, contemplando como pacen tus animales, te pones a hacer cuentas. Tu rebaño ha aumentado y quieres hacer una pequeña ampliación del establo que les da cobijo. Te paras a repasar mentalmente lo que necesitas… Como no tienes otro medio a mano para ayudarte a hacer las cuentas usas unos montones de piedrecitas y vas pasando piedras de uno a otro en función de que vayas sumando o restando, multiplicando o dividiendo. El pastor tenía que hacer cuentas de lo que podría sacar de la venta de la leche, del queso, de la lana, y de los gastos a los que tendría que hacer frente. Así iba sumando ingresos, restando gastos y calculando el ahorro hasta juntar lo suficiente para poner en práctica su proyecto.

Don Salvador inventó así un ábaco muy elemental. Y con su ayuda nos iba planteando los problemas uno tras otro. Los problemas eran nuestros problemas porque lograba que nos metiéramos en la piel del pastor. Pastor que cada día nos visitaba en clase. Nos conocíamos ya todas sus historias. Don Salvador nos enseñaba a pensar, pero también a empatizar. Y así nos nos introdujo el gusto por las matemáticas.

Ese mismo pastor nos enseñó a resolver problemas éticos, mientras seguía a Jesús de Nazaret por Palestina. Con Don Salvador la religión no era una cuestión de aprender las respuestas del catecismo. Era ver cómo se las ingeniaba el hijo del carpintero para responder las preguntas que le formulaban sus discípulos, pastores y pescadores y cómo salir airoso de las trampas que le tendían los fariseos. Como era más importante ser un buen samaritano que andar preocupado por el estricto cumplimiento de la ley. También con Don Salvador nos transmitió el gusto por la lectura y nos introdujo incluso en la poesía leyéndonos versos de Lorca, de Machado, de Juan Ramón Jiménez, de Miguel Hernández. Ese gusto por la lectura fue el que me llevó a invertir mi sueldo íntegro en comprar y devorar cada semana un fascículo nuevo de la colección de Joyas Literarias juveniles de la editorial Bruguera.


Don Salvador logró que se nos olvidaran los palmetazos de Don Luis y que el colegio fuera un sitio al que queríamos ir cada día a aprender cosas nuevas pasándolo bien en clase. Tuve a Don Salvador dos años seguidos y pasé de ser un mal estudiante a ser un buen estudiante. Las fichas odiosas dieron paso a cuadernos limpios y ordenados escritos con buena letra y bolígrafos de colores. Le cogí gusto a estudiar y estudiaba cosas que no me mandaban. Mis padres compraron una Enciclopedia de Ciencias Naturales, de pastas duras de color verde oscuro y letras doradas, también de la editorial Bruguera y me pasaba horas leyéndola los fines de semana con mi hermano Luis.


Cuando más adelante nos empezaron a explicar las plantas aprendí a clasificarlas por las hojas y los pétalos de las flores, que recolectaba en los campos de los Ogíjares y secaba con papel de periódico, poniéndoles peso encima. Aprendí a clasificar minerales, usando un libro de claves mineralógicas que me regaló José Antonio Gallegos, profesor de geología amigo de mi padre. Pero la afición me venía de lejos, de mi tío Luis, hermano de mi madre, geólogo de campo, que me traía en sacos color arena todo tipo de rocas y minerales que él recogía en sus expediciones. Me fascinaban los cubos de galena, los cristales de cuarzo, el asbesto, el cinabrio, el talco, la calcopirita,… Y los fósiles. Mi tío, gran excursionista, nos interpretaba la historia geólogica de la Sierra Nevada. Era fascinante caminar por la Sierra con él e imaginar cómo aquellos fondos marinos habían llegado a ser las cumbres más elevadas. Mi tío Luis, con el que llegué a fraguar una amistad que iba más allá de la relación familiar, murió en un accidente de trabajo en el Pirineo. Pero me lo reencontré en Un Lugar en El Mundo, que por esa y muchas otras razones llegó a ser una de las películas de mi vida. José Sacristán interpretó magistralmente a mi tío Luis enseñando a los fascinados hijos de pastores argentinos a caminar por el fondo del mar.
Don Salvador es para mí el primero de una serie de maestros entre los que juega un papel central mi padre. De él he aprendido la pasión por educar. Mi padre ya jugaba a los maestros cuando era niño. Es algo que siempre nos contaba. Y no ha perdido la afición todavía, ahora enseñando a sus nietas Carmen y Sara, pasados los ochenta. Mi padre, químico, catedrático de instituto primero y luego de universidad, siempre estaba en su despacho trabajando en alguno de sus libros. Pero siempre dejaba lo que estuviera haciendo para resolver las dudas que me surgían con los problemas de matemáticas, primero y con los física y química después. También se le daba muy bien el análisis sintáctico y morfológico de la lengua y me ayudó a dominarlo. Pero si algo se me quedó grabado como aprendizaje significativo y experimental, fue a utilizar su invento del “franelograma” para aprender y enseñar a formular. Aprendí de una forma muy sencilla los secretos de la combinación de átomos para formar los materiales. Y mi padre me animó a llevar el invento a clase y mostrárselo a Don José Luis, nuestro profesor de ciencias en octavo. El a su vez me animó a salir a la pizarra, venciendo mi extrema timidez de entonces, para explicar los secretos de algo tan aparentemente oscuro y antipático. Creo que logré enseñar a formular a un buen puñado de compañeros y compañeras de clase. Y con el tiempo, en plena crisis, estudiando arquitectura, yo mismo tendría claro una cosa. Quería ser profesor como mi padre. Me daba igual si como maestro o como profesor de instituto. No me imaginaba entonces, que acabaría siéndolo de arquitectura, y que trataría de seguir los pasos de Don Salvador, de mi padre y de Manolo Álvarez.

La letra con sangre no entra

Ilustración de Javier Jaen, publicada en La Letra Con Sangre Entra, El Diario Vasco

La letra, con sangre entra, debió ser el lema inventado por algún psicópata para justificar su maltrato a las niñas y niños a su cargo. No encuentro ningún fundamento pedagógico que lo justifique. Con el tiempo llegué a hacer el doctorado en Ciencias de la Educación y no encontré ninguna pista que me permitiera entender ese método de aprendizaje. Desde luego conmigo no funcionaba. Don Luis, mi maestro de segundo de primaria, sin embargo, si creía que ese método funcionaba y se esmeraba en aplicarlo.
Mi imagen de Don Luis es la de un anciano de baja altura, pelo blanco en los flancos, cara regordeta y gesto entre serio y fiero. No recuerdo que sonriera nunca. Se paseaba por los pasillos del aula vigilando que hiciéramos las tareas en una clase que recuerdo silenciosamente sepulcral. Nos hacía rellenar unas fichas odiosamente aburridas que, con mi corta experiencia, me parecía que no servían para aprender nada que tuviese el más mínimo interés. Claro que yo sólo tenía siete años y no sabía casi nada de la vida. No recuerdo qué pretendía enseñarme, sólo recuerdo sus palmetazos y su cara de mala leche al aplicarlos. Fallabas la respuesta a una pregunta y Don Luis te hacía levantarte para que todo la clase viera cómo aplicaba su pedagogía. Te hacía extender la mano, veías como levantaba la vara de madera rectangular y como la bajaba ágilmente para golpear certeramente la punta de tus dedos. Por si no había quedado claro el aprendizaje, te pedía que volvieras a extender la mano. Como el primer golpe había producido un aprendizaje significativo, tu intentabas retirar la mano a tiempo para que el segundo intento fallase su objetivo. Y a veces lo conseguías. Pero el resultado es que había que insistir más para que no olvidaras lo aprendido. De modo que Don Luis persistía hasta que los dedos de tu mano volviesen a recibir el benéfico correctivo. Recuerdo que se me saltaban las lágrimas de felicidad y que odiaba ir al colegio.
Con el tiempo llegué a la Universidad de Sevilla para estudiar arquitectura, a punto de cumplir los dieciocho años. No llegué a la universidad gracias a Don Luis, como trataré de demostrar en otro lugar. Pero en la Escuela de Arquitectura pude encontrar algunos modelos docentes de su vieja escuela. No usaban la palmeta para aplicar aprendizajes físicos. Sus métodos de maltrato tenían mucha más elaboración psicológica.
En mis recuerdos guardo un lugar de honor para don Manuel, catedrático de dibujo. Vivía entre Madrid, dónde tenía su actividad profesional, y Sevilla, ciudad a la que venía un día en semana, los viernes, para putear a los alumnos y humillar a los profesores a su cargo.

Recuerdo el primer día del curso. Don Manuel Toledo había encargado a su equipo de profesores que organizaran una exposición de los mejores dibujos del curso anterior. Estaban dispuestos en las dos paredes del largo pasillo que transcurre desde el hall. Las aulas de Dibujo daban a ese pasillo de modo que podíamos admirarlos cuando nos dirigíamos a clase.

A mí me gustaba dibujar y con mi amigo Santi, hicimos un trabajo extra, aconsejados por nuestro profesor del instituto, Don Cayetano Aníbal, escultor granadino nieto del arquitecto Aníbal González. Nos dedicamos a salir a dibujar a la calle, muchos sábados por la mañana, para hacer apuntes del natural de paisajes urbanos. Recuerdo los que hicimos del Campo del Príncipe con el hotel Alhambra al fondo, sobre la colina. Pero esos dibujos estaban muy lejos de los expuestos. Eran tan hiperrealistas que parecían haber sido dibujados por Antonio López. Parecía un sueño inalcanzable poder dibujar así.
Recuerdo la primera lección de Don Manuel. Nos hizo acompañarlo por el pasillo. Se detuvo ante un extraordinario dibujo a sombras con un trazo muy expresivo. El que más me había impresionado. ¿Veis este dibujo, nos espetó, más que preguntó? Claro que lo veíamos. Lo miraba hechizado, no podía dejar de mirarlo. ¡Este dibujo tiene un cinco!, nos dijo ¡Vais estar dibujando y repitiendo la asignatura hasta que dibujéis así! Don Manuel nos decía eso gritando como un sargento de instrucción grita a unos putos reclutas. Sí señor, claro señor, como mande señor. Ahora mismo señor. Rompan filas. Y rompíamos filas y nos íbamos al aula y escuchábamos el tema que nos proponía dibujar durante la semana.

Las clases duraban cuatro horas. A Don Manuel le sobraron tres y medias para impartir su lección magistral. Luego vendrían más, a razón de una a la semana. Su método pedagógico era sencillo a la vez que funcional. Cogía la lista de clase y leía un nombre al azar. Alicia, salga a la palestra y pegue en la pizarra su dibujo. Alicia lo hacía y Don Manuel empezaba su crítica constructiva. ¿Ese dibujo lo ha hecho usted o su hermana pequeña? ¿No le da vergüenza dibujar líneas peludas? Don Manuel cogía el lápiz y sobre el dibujo de Alicia ejemplificaba cómo Alicia hacia sus líneas peludas. Complacido se daba la vuelta buscando que le riéramos la gracia. No recuerdo que me hiciera gracia y no recuerdo reírme. Si recuerdo rezar para que no pronunciara mi nombre ¿Sabe usted los fundamentos de la perspectiva? Continuaba. Y cogiendo el lápiz corregía sus fugas. Este edificio que usted ha dibujado se va a caer. Y para que no se cayera, Don Manuel arrancaba el dibujo de la pizarra y lo rompía, se lo devolvía a su autora con mucha delicadeza y le decía que no volviera a presentarle otra mierda como esa. Y así aprendimos el significado de las sesiones críticas según don Manuel Toledo.

Afortunadamente cuando Don Manuel se iba a Madrid, nos quedábamos a cargo de Manolo Alvarez y de Don Jesús Salvago. Ambos grandes docentes que sólo pretendían que aprendiéramos. El primero nos enseñaba dibujo artístico y el segundo técnico. De ambos guardo un gran recuerdo. Manolo Álvarez nos enseñaba dibujando con nosotros y animándonos a dibujar. Siempre encontraba algo positivo que comentar, al revés que su tocayo de Madrid. Y así fue como sin darme cuenta, entrando en la primavera, ya dibujaba como los estudiantes que habían expuesto sus trabajos el curso anterior. Mi madre y mis suegros guardan los dos únicos dibujos que conservo de esa época. Mi madre un grafito de los de Antonio López del Mercado del Barranco. Mis suegros una acuarela del Patio de la Iglesia del Salvador.

NO EXISTE LIBERTAD SIN JUSTICIA E IGUALDAD: Reflexiones sobre la situación en los asentamientos chabolistas para temporeros en Huelva y Almería

Por Juan F. Ojeda Rivera. Profesor jubilado de Geografía y secretario ejecutivo de IESMALÁ (Instituto de Estudios Sociales del Mediterráneo, África y Latinoamérica) (www.iesmala.org)

En estos días de confinamiento responsable y obligada introspección, estoy recibiendo continuas reflexiones y relatos de amigos que me interpelan y, a veces, comparto. Tal esfuerzo por compartir o matizar posiciones me conduce inexorablemente a buscar las raíces de mis convicciones.

Mi vida y las de muchos que hemos recorrido gran parte de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, están marcadas por un virus que se ha encarnado sustancialmente en nuestras personas, conformándolas como tal e hiriéndolas y enorgulleciéndolas, a la vez. No se trata de una pandemia, como el dichoso coronavirurs, sino de un virus muy selectivo y casi exclusivamente transmisible entre los que conformamos los estamentos o clases medias: aquellos que hemos tenido la suerte o capacidad de poder filosofar y de poder valorar la cultura o el disfrute como dones gratuitos. Y, con ello, podemos contar con la libertad que nos otorgan tanto el tener resuelto nuestro “primum vívere” como el  no preocuparnos por guardar porque vivimos al día y no somos objetivos prioritarios de ladrón alguno.

Ese virus, inquietante y maravilloso a la vez, se llama preocupación o compasión con los pobres. Yo creo que, en el entorno español de muchos de mi generación, tal virus es inoculado primeramente por el evangelio y sus atractivas parábolas y relatos compasivos: rico epulón, hijo pródigo, bienaventuranzas, magdalena, buen ladrón…. Y se va desarrollando y mutando con lecturas sociopolíticas y filosóficas explicativas de la pobreza y reivindicativas de una necesaria justicia distributiva en un mundo cada día más injusto.

Ahora bien, dependerá de que en cada persona o grupo se acentúe la raíz religiosa o la fuente ideológica para que aquel primario virus de la compasión con los pobres se reafirme como un caritativo y analgésico “bálsamo reparador” o mute y se radicalice hacia un compromiso activo con la “lucha por la igualdad”.

Cuando terminamos creyéndonos que una pandemia como el coronavirus parece estar rompiendo los moldes clasistas y admitimos tópicos como el que sostiene que los más pobres entre los pobres están naturalmente más vacunados ante cualquier virus, aliviamos el efecto de nuestra primera compasión, que –por ejemplo- no puede soportar, en el actual contexto andaluz,  la infamia de los campos chabolistas de inmigrantes en Huelva y Almería. Y entonces, acudimos a la caridad o aplaudimos las subvenciones y parches oficiales, entendiendo que pueden tener su coyuntural y urgente virtualidad, aunque los del “bálsamo reparador” quizás sostengan que esas son las únicas y posibles soluciones estructurales en un mundo que consideran injusto por naturaleza.

De hecho, el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía de 15 de abril, publica el Decreto-Ley 9/2020, en el que se establecen medidas urgentes en el ámbito económico y social como consecuencia de la situación ocasionada por el coronavirus (COVID-19), presupuestando, en su capítulo I, 50 millones de € para personas trabajadoras por cuenta propia o autónomas afectadas en el conjunto regional y, en el capítulo II, se reparten  2.297.160 € entre distintos Ayuntamientos de las provincias de Almería y Huelva, para responder a las necesidades de sus asentamientos chabolistas Ojalá estas cantidades puedan conseguir aliviar momentáneamente  los abastecimientos básicos de agua, energía y servicios en tales asentamientos, que acogen a millares de personas.

Pero para quienes hemos apostado y nos comprometemos con la lucha por la igualdad no puede ser esta la meta de nuestra carrera, aunque pueda constituirse en meta de avituallamiento en unos momentos concretos y urgentes. Porque nosotros estamos obligados a denunciar que estas soluciones caritativas y analgésicas sólo tienen una función coyuntural y pueden opacar la dignidad de las personas. Tenemos que dejar claro ante todos nuestros conciudadanos que los inmigrantes subvencionados de Níjar, Vicar, El Ejido, Roquetas, Antas y Cuevas de Almanzora o Lepe, Palos, Moguer, Huelva y Lucena, son personas pobres que, en el actual contexto de confinamiento responsable para todo ciudadano e imposible para ellos, constituyen el mayor contingente de trabajadores de nuestros campos más productivos y emergentes.

Y estos jornaleros pobres no nos solicitan sustancialmente caridades o subvenciones, aunque es verdad que no todos están trabajando todavía y, consecuentemente, los envíos de alimentos y los comedores sociales resultan necesarios y bien recibidos. Pero muchos de ellos no han dejado de trabajar y, por tanto, siguen cobrando sus exiguos jornales. En definitiva, estos nuevos ciudadanos, empadronados o no en sus municipios de residencia, están pidiéndonos a voces un cambio radical de actitud, que vaya más allá del mero acogimiento vergonzante y caritativo y apunte a la promoción permanente del diálogo y el encuentro entre iguales. ¿O acaso seguimos pensando que, en el fondo, no son iguales que nosotros? 

Con todo mi coraje y respondiendo a las exigencias de aquel virus de la compasión, que me inoculó el relato evangélico y se me mutó en compromiso de lucha radical contra la pobreza, me solidarizo con la lucha concreta y arriesgada de estos ciudadanos inmigrantes, a quienes acompañé en su manifestación tras el incendio del asentamiento lepero en fechas prenavideñas y a quienes ahora apoyo y ofrezco mis posibles ayudas, tras el reciente incendio de otras cien chabolas en los campos de Palos, el  pasado 14 de abril.

En aquella manifestación de Lepe aplaudíamos y nos uníamos a sus gritos, que serían los mismos si ahora pudiesen manifestarse en Palos: ¡No más chabolas! ¡Queremos casas y, con ellas, agua y servicios básicos! No nos regaléis nada, alquilarnos las casas que tenéis vacías, porque podemos pagarlas.  Y sus mujeres terminaban uniéndose así al alegato: …y las limpiaremos con esmero. Por favor, fiaros de nosotras.

Aquella compasión primera no puede hacernos dudar de nuestra capacidad de lucha por la transformación real y efectiva de este nuestro mundo injusto, racista y discriminatorio, aunque híbrido y mezclado. Para que dicha transformación se vaya produciendo, no basta con reconocer la importancia de la inserción socio-laboral de los inmigrados, sino que tenemos que seguir luchando por vías claras e inequívocas hacia la integración, la interculturalidad y la transculturalidad. Hay que desarrollar programas políticos, sindicales y educativos que vayan conduciendo a nuestras emergentes, pero ensimismadas y adormecidas poblaciones, a reconocer que toda esta nueva ciudadanía inmigrada no sólo aporta trabajo duro y riquezas materiales contables, sino que también puede ofrecer diversidad de estrategias vitales y  generar la gran riqueza cultural de la mezcla.

Salud, suerte, lucha solidaria y abrazos a quienes peleáis cotidianamente en estas trincheras, encuadrados en distintas asociaciones y ONGs, o desde un activismo personal, comprometido e intransferible. En Sevilla a 19 de abril de 2020

Carta a Ana de las Azoteas Verdes

Abro el correo a las seis y media de la mañana, y me encuentro uno de Ana, una estudiante de Arquitectura a la que no conozco, dirigida a mi compañero Rafa y a mí mismo, de parte de su tutor, nuestro compañero Paco. Nos escribe para plantearnos las ideas iniciales con las que quiere abordar el tema de su Trabajo de Fin de Grado. Capta mi atención y me pongo a escribirle de forma inmediata estas letras emergentes.

Ana enmarca su tema en la situación tan rara y difícil que estamos viviendo, en este confinamiento que le está planteando la necesidad de dar una respuesta desde la arquitectura. Su primera presentación del tema es así: “Azoteas, el “no lugar” de la arquitectura. Edificios comestibles: Un reencuentro con la cubierta de mi casa”. ¿Cuantos no estamos estos días re-encontrándonos con las azoteas de nuestras casas o con nuestros balcones?

Sigo leyendo y es aquí dónde atrapa definitivamente mi atención: “tras las conclusiones del estudio teórico, generar un documento practico con el caso de estudio de la vivienda en la que vivo actualmente. Un ático en la calle Buenvivir, en la que la cubierta de mi casa (57 m2 aprox.) es accesible pero esta completamente en desuso. Y que actualmente estoy reparando”. De modo que Ana se propone investigar, aplicar a su casa las ideas encontradas y construirlas. Lo que sigue a continuación es copia literal de la carta que le remití a las 7,15 de la mañana, a la que añado algunas ilustraciones que me venían a la mente mientras escribía.

“Me parece Ana que has elegido un tema de gran actualidad en estos momentos que estamos viviendo. Lo es desde tiempo inmemorial en cuanto a que la arquitectura residencial se adaptaba al clima. Después de un largo siglo de olvido, vuelve a serlo ahora que necesitamos mitigar el cambio climático inducido por el hombre y adaptar nuestros edificios al mismo. De forma más general estamos trabajando para hacer más resiliente nuestra arquitectura y nuestras ciudades ante crisis como la actual. La crisis sanitaria es una consecuencia de la excesiva presión sobre los ecosistemas como lo es, también, el cambio climático. El tema de las azoteas ajardinadas no es un tema nuevo, ya lo planteaba Le Corbusier.

París se ha marcado el objetivo, plasmado en una ordenanza, de hacer todas sus cubiertas verdes para mitigar el efecto isla de calor de la ciudad y como sumidero de carbono. Pero es verdad que estos días de parón y confinamiento sin precedentes nos están sirviendo para experimentar la importancia de contar con azoteas verdes y vivas y de que nuestros hogares estén preparados para lograr ciertos niveles de autosuficiencia (autosuficiencia conectada, busca la referencia de Juan Requejo Liberal).

Ayer hablábamos justamente de este tema, la infraestructura verde urbana y metropolitana, dentro del Curso de Emergencia Climática de la Universidad de Sevilla. Fue una sesión interdisciplinar iniciada por Domingo Sánchez, director del Máster de Ciudad y Arquitectura Sostenible, que presentó el marco, abordando las distintas escalas de comprensión del problema. Desde la biorregión, como espacio que debe ser capaz de satisfacer la mayor parte de las necesidades de nuestras ciudades y de absorber nuestros residuos para avanzar hacia un equilibrio de las mismas con los ecosistemas de los que dependen, hasta los corredores verdes que conecten la ciudad son los espacios naturales y agrícolas próximos. Espacios que precisamos proteger o recuperar, ya que la mayoría se han convertido en barbechos urbanos, en expectativa de ser devorados por la ciudad. Por último, la escala que a ti te interesa, la de la renaturalización de las azoteas y fachadas de nuestros edificios.

Fotografía: Agricultura Urbana en Sevilla, Fotografías: Glenda Dimuro

Necesitamos reconectar la ciudad con su territorio productivo para reducir nuestra huella ecológica y ser más resilientes ante crisis globales como la que tenemos y las que vendrán en este siglo de La Gran Prueba (lee el libro de este título del filósofo Jorge Rietchmann y también su libro sobre biomímesis para fundamentar tu trabajo).

Calles Verdes, Pasaje Valvanera, Sevilla 26 de abril de 2019, Fotografía: Esteban de Manuel

Viajando por centro Europa, de Francia para arriba, es habitual que las fachadas incluyan trepadoras y que estas conecten unas fachadas con otras en sus cascos antiguos. También las podemos disfrutar ya en Sevilla. Es una forma de re-naturalizar la ciudad de muy bajo coste, basta hacer un pequeño alcorque y plantar una parra trepadora u otra especie similar.

Viviendas para estudiantes. H Arquitectes, Campus universitario, Sant Cugat del Vallés. Fotografía: Esteban de Manuel Jerez, 2 de mayo de 2019

Los arquitectos lo solemos hacer de una forma un poco más sofisticada para justificar nuestra función, como en esta buena referencia de H Arquitectes que tuve ocasión de visitar en el Campus del Vallés. Por último, una vez hayas estudiado el tema para ponerte al día de lo pensado y escrito, de los casos de estudio de referencia de arquitectura popular y de autor, me parece muy buena idea acabar con la aplicación práctica a un caso diseñado, autoconstruido y vivido por tí. Tengo la experiencia de haberlo hecho con mi casa. Cuando terminé la ejecución de su metamorfosis, lo que fue la segunda reforma y ampliación de la misma, en verano 2012, la cubierta estaba preparada para captar energía térmica solar y fotovoltaica.

Instalación familiar de autoconsumo de energía eléctrica y agua caliente. Fotografía: Esteban de Manuel,

Pero “estaba muerta”. Estas son palabras de mi hijo Guillermo. Ocho años después está viva, como toda la fachada. La casa nos autoabastece durante las horas de sol de energía eléctrica. Nos autoabastece también de ensalada, de pimientos para guisos y para freir, de aromáticas para cocinar. Atrae insectos que instalan sus hoteles en casa, a veces peligrosamente grandes, en el caso de las avispas. Atrae salamanquesas que se nutren de los insectos. Y atrae pájaros que se posan en las enredaderas del emparrado y nos cantan.

Estos días de aire limpio obligado y de lluvias de primavera, salir a la azotea, en las pausas del teletrabajo, es un gozo para los sentidos. Por sus sonidos, su olor, por su vista. En los fines de semana es el lugar de esparcimiento donde entretenerse en familia. A las ocho de la tarde es el lugar cívico de encuentro, la plaza a cota más tres plantas de la ciudad, en la que nos damos aliento. Al tiempo que reconocemos al personal sanitario, nos reconocemos a nosotras y nosotros mismos. Nos hablamos, nos preguntamos. No sólo a los vecinos y vecinas más cercanos que ya conocíamos. A otros a los que estamos conociendo ahora. 

Estás tocando un tema que desde su sencillez, un caso, una azotea a renaturalizar, puede encerrar un mundo. Ya sabes, si piensas globalmente mientras actuas localmente. Un tema que requiere herramientas para la transformación física del espacio edificatorio y urbano (URBS), que pone las condiciones para una transformación de la forma de vivir la ciudad y de relacionarnos (CIVITAS) y que requiere pensar en una ordenanza municipal que lo desarrolle (POLIS). 

Termino deseando que mantengas la energía y el entusiasmo que se adivina en el planteamiento que haces de tu tema de trabajo. Que con tu tutor comiences, como te propone mi compañero Rafa, un mapa con su hoja de ruta. Que prepares tu cuaderno de bitácora dónde ir dibujando y anotando tus ideas y reflexiones durante el proceso. Ánimo con la tarea!. Seguro que logras presentar un trabajo inspirador.

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