Don Salvador

José Sacristán en Un Lugar en el Mundo

El paso de Don Luis a Don Salvador, de segundo a tercero de primaria, supuso para mí algo así como pasar el Cabo de Buena Esperanza, tras un año de navegación con viento en contra. Supuso coger vientos favorables y descubrir nuevos horizontes. Me cambió la vida para siempre. A Don Salvador lo tengo como mi primer Maestro. Me inoculó el gusto por aprender. Pasé de odiar ir al colegio a tener una curiosidad insaciable. A partir de ese año me pasé el día preguntando, en clase y en casa, a todos los adultos que tenía a mi alcance.

Recuerdo a Don Salvador como un hombre bueno y paciente, de mediana edad, pelo entrecano, que transmitía paz con su expresión, su tono de voz y su forma de hablar. Don Salvador usaba fundamentalmente las parábolas como método de aprendizaje. Con ellas lo mismo te explicaba matemáticas que religión. Solía empezar aproximadamente así. Imagina que eres un pastor que estás en las montañas con tus cabras y tus ovejas, lejos del pueblo. No tienes a mano ni un lápiz ni un papel. Y allí, sentado en una peña, contemplando como pacen tus animales, te pones a hacer cuentas. Tu rebaño ha aumentado y quieres hacer una pequeña ampliación del establo que les da cobijo. Te paras a repasar mentalmente lo que necesitas… Como no tienes otro medio a mano para ayudarte a hacer las cuentas usas unos montones de piedrecitas y vas pasando piedras de uno a otro en función de que vayas sumando o restando, multiplicando o dividiendo. El pastor tenía que hacer cuentas de lo que podría sacar de la venta de la leche, del queso, de la lana, y de los gastos a los que tendría que hacer frente. Así iba sumando ingresos, restando gastos y calculando el ahorro hasta juntar lo suficiente para poner en práctica su proyecto.

Don Salvador inventó así un ábaco muy elemental. Y con su ayuda nos iba planteando los problemas uno tras otro. Los problemas eran nuestros problemas porque lograba que nos metiéramos en la piel del pastor. Pastor que cada día nos visitaba en clase. Nos conocíamos ya todas sus historias. Don Salvador nos enseñaba a pensar, pero también a empatizar. Y así nos nos introdujo el gusto por las matemáticas.

Ese mismo pastor nos enseñó a resolver problemas éticos, mientras seguía a Jesús de Nazaret por Palestina. Con Don Salvador la religión no era una cuestión de aprender las respuestas del catecismo. Era ver cómo se las ingeniaba el hijo del carpintero para responder las preguntas que le formulaban sus discípulos, pastores y pescadores y cómo salir airoso de las trampas que le tendían los fariseos. Como era más importante ser un buen samaritano que andar preocupado por el estricto cumplimiento de la ley. También con Don Salvador nos transmitió el gusto por la lectura y nos introdujo incluso en la poesía leyéndonos versos de Lorca, de Machado, de Juan Ramón Jiménez, de Miguel Hernández. Ese gusto por la lectura fue el que me llevó a invertir mi sueldo íntegro en comprar y devorar cada semana un fascículo nuevo de la colección de Joyas Literarias juveniles de la editorial Bruguera.


Don Salvador logró que se nos olvidaran los palmetazos de Don Luis y que el colegio fuera un sitio al que queríamos ir cada día a aprender cosas nuevas pasándolo bien en clase. Tuve a Don Salvador dos años seguidos y pasé de ser un mal estudiante a ser un buen estudiante. Las fichas odiosas dieron paso a cuadernos limpios y ordenados escritos con buena letra y bolígrafos de colores. Le cogí gusto a estudiar y estudiaba cosas que no me mandaban. Mis padres compraron una Enciclopedia de Ciencias Naturales, de pastas duras de color verde oscuro y letras doradas, también de la editorial Bruguera y me pasaba horas leyéndola los fines de semana con mi hermano Luis.


Cuando más adelante nos empezaron a explicar las plantas aprendí a clasificarlas por las hojas y los pétalos de las flores, que recolectaba en los campos de los Ogíjares y secaba con papel de periódico, poniéndoles peso encima. Aprendí a clasificar minerales, usando un libro de claves mineralógicas que me regaló José Antonio Gallegos, profesor de geología amigo de mi padre. Pero la afición me venía de lejos, de mi tío Luis, hermano de mi madre, geólogo de campo, que me traía en sacos color arena todo tipo de rocas y minerales que él recogía en sus expediciones. Me fascinaban los cubos de galena, los cristales de cuarzo, el asbesto, el cinabrio, el talco, la calcopirita,… Y los fósiles. Mi tío, gran excursionista, nos interpretaba la historia geólogica de la Sierra Nevada. Era fascinante caminar por la Sierra con él e imaginar cómo aquellos fondos marinos habían llegado a ser las cumbres más elevadas. Mi tío Luis, con el que llegué a fraguar una amistad que iba más allá de la relación familiar, murió en un accidente de trabajo en el Pirineo. Pero me lo reencontré en Un Lugar en El Mundo, que por esa y muchas otras razones llegó a ser una de las películas de mi vida. José Sacristán interpretó magistralmente a mi tío Luis enseñando a los fascinados hijos de pastores argentinos a caminar por el fondo del mar.
Don Salvador es para mí el primero de una serie de maestros entre los que juega un papel central mi padre. De él he aprendido la pasión por educar. Mi padre ya jugaba a los maestros cuando era niño. Es algo que siempre nos contaba. Y no ha perdido la afición todavía, ahora enseñando a sus nietas Carmen y Sara, pasados los ochenta. Mi padre, químico, catedrático de instituto primero y luego de universidad, siempre estaba en su despacho trabajando en alguno de sus libros. Pero siempre dejaba lo que estuviera haciendo para resolver las dudas que me surgían con los problemas de matemáticas, primero y con los física y química después. También se le daba muy bien el análisis sintáctico y morfológico de la lengua y me ayudó a dominarlo. Pero si algo se me quedó grabado como aprendizaje significativo y experimental, fue a utilizar su invento del “franelograma” para aprender y enseñar a formular. Aprendí de una forma muy sencilla los secretos de la combinación de átomos para formar los materiales. Y mi padre me animó a llevar el invento a clase y mostrárselo a Don José Luis, nuestro profesor de ciencias en octavo. El a su vez me animó a salir a la pizarra, venciendo mi extrema timidez de entonces, para explicar los secretos de algo tan aparentemente oscuro y antipático. Creo que logré enseñar a formular a un buen puñado de compañeros y compañeras de clase. Y con el tiempo, en plena crisis, estudiando arquitectura, yo mismo tendría claro una cosa. Quería ser profesor como mi padre. Me daba igual si como maestro o como profesor de instituto. No me imaginaba entonces, que acabaría siéndolo de arquitectura, y que trataría de seguir los pasos de Don Salvador, de mi padre y de Manolo Álvarez.

ABAYUBÁ

Sentado en el borde inferior del ventanal escribo en mi cuaderno negro, lo estreno en realidad, mientras vigilo que mi móvil termina de cargarse. A mi derecha el empleado de la Pluna, el mismo que nos esperó a la llegada y nos condujo hasta allí, se dirige al grupo que se aglomera a su alrededor. Pasajeros con maletas en tránsito pasen por aquí. Un grupo de personas lo rodean expectantes. El resto, como yo, están sentados donde pueden o aprovechan para hacer compras. A la izquierda, en la cabina, una silla giatoria, muy sola, me llama. Pienso que estaría más cómodo allí. Pienso en sentarme en ella pero me temo que alguien se me acerque al mostrador a consultarme algo y, … ¡a ver cómo le explico!. Recorro con la mirada la galería en la que esperamos. El ventanal sucio y mojado con letreros que nos piden perdonar las molestias. Las obras las realizan para mejorar el servicio que nos prestan. De tanto en tanto un cubo recoge, o ¿agarra?, ¿cómo dirán acá?, el agua que llueve del techo. Compruebo que el bordillo en el que me siento no está mojado. A lo largo del ventanal se sucede la hilera de cubos. Estiro las piernas. Las vuelvo a recoger, ¡otra vez esa palabra! Me apoyo en las rodillas y retomo la escritura. La ratonera. De nuevo la indignación me disparó la necesidad de escribir. Esta vez fue durante el vuelo, leyendo un artículo sobre las políticas europeas en Le Monde Diplomatique, edición española. Me va saliendo de corrido pero quiero tener conmigo el ejemplar del periódico que olvidé en el avión. Me vendría bien para precisar unos datos. No soy euroescéptico. Creo en la necesidad de construir Europa social y políticamente. Pero no creo en la Europa que nos están construyendo. Cada día menos. Europa se está convirtiendo en una ratonera política.

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El Tren

Es noche cerrada, sin luna. Sopla una brisa cortante, fría. Esa luz roja de la baliza de señalización y una caseta sin iluminar es todo lo que hay a su alrededor. Las rectas vías del tren se pierden en la oscuridad a un lado y a otro. Moad tiembla de frío y de miedo. Anuda sus piernas con sus brazos mientras su mirada se pierde en el horizonte. La cabeza le da vueltas. No puede ordenar sus pensamientos. ¿cómo ha  podido dejarlo ahí? Huele a tierra y paja húmedas. Se oye el cri, cri de los grillos y unos perros ladran lejos. La pregunta se repite una y otra vez en su cabeza. ¿cómo ha podido dejarlo ahí?

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