En un seiscientos blanco llegó


No era un mercedes blanco, era un seiscientos de color beige, pero me viene a la mente la canción de Kiko Veneno, que forma parte de la banda sonora de mi vida y me permito esta licencia. Todas las mañanas, a las nueve menos veinticinco, y todas las tardes, a las tres y cinco, paraba un seiscientos beige en la esquina de Portón de Tejeiro con Alhamar y el conductor empezaba a tocar el claxon. Pi, pi, piiii, piihiihiih. Era un ruido chillón, medio afónico, agónico en su desesperación.

Los estebitas, los hijos de Esteban y María Angustias, otra vez llegaban tarde. Don Antonio Gálvez, director del colegio Juan XXIII se sulfuraba y daba golpes al volante al comprobar que no había servido de nada la bronca del día anterior. Desde el sexto E de Portón de Tejeiro 20, desde la habitación del fondo en la que comíamos, oíamos el pitido y dejábamos la comida en el plato, cogíamos la cartera de cuero y el anorak y salíamos disparados hacia el ascensor. Todo ello apremiados por mi apurada madre, desesperada de que nuestra pesadez al comer, no comíamos bien, nos hiciera llegar casi siempre tarde. Aún se las apañaba para pelearse con nuestro pelo revuelto, peine en mano, y dejarnos un poco más presentables mientras esperábamos que subiera el ascensor. ¡Venga deprisa, que Don Antonio está esperando! ¡Como si no lo supiéramos! ¡Como si no lamentáramos la bronca, merecidísima, que nos iba a caer! Pero era superior a nuestras fuerzas. Una y otra vez llegábamos tarde. El tiempo se hacía eterno mientras bajaba el ascensor dónde entrábamos apretujados con las carteras de cuero a la espalda y con las dos puertas abatibles, de color rojo, cerradas ante nuestras narices. Luego salíamos corriendo hasta el portal y, ya en la calle, hasta la esquina dónde nos esperaba Don Antonio subido en su seillas, con su nieto Ramoncín ya a bordo. Don Antonio se estiraba para abrir la puerta del copiloto y echaba el asiento hacia adelante, para que pudiéramos ingresar atrás, mientras nos iban cayendo sus maldiciones que soportábamos estoicamente sin rechistar. Ramoncín nos recibía con mirada pícara.

Ramoncín, de la edad de Luis, y su hermana Charito, un año menor, eran casi más primos que amigos nuestros. Sus padres Ramón y Techi eran íntimos de mis padres y los llamábamos titos. Tito Ramón y Tita Techi. Nos pasábamos la vida juntos desde la más tierna infancia. Don Antonio recogía a su nieto, que vivía en el piso de arriba de su casa, en la Calle Conde Cifuentes, a dos manzanas de la nuestra. Vivíamos en su ruta hacia el colegio y nos hacía el favor de llevarnos. Eso significaba cargar en la parte de atrás del seillas hasta cuatro chiquillos separados por cuatro años de edad, cuando Jesús, el menor de los cuatro, se incorporó al colegio estando yo, el mayor, en quinto curso. Luis y Ramoncín, dos años menores que yo, iban juntos a clase y eran uña y carne, igual de divertidos ambos, siempre riendo, siempre haciendo el ganso dentro de los límites que permitía la parte de atrás del seiscientos y la santa paciencia de Don Antonio.

Don Antonio, el Keko, era un hombre bondadoso, de cara ancha, facciones redondeadas, papada, pelo ralo blanco, con un fuerte carácter que se reflejaba especialmente en sus ojos claros, en su mirada, que llegaba a ser furibunda cuando se enfadaba. Era una imprudencia enfadarlo. No siempre se enfadaba por nuestra causa. La mayor parte de las veces se enfadaba por culpa de Franco. Cuando lo hacía sus manos se agitaban mientras conducía haciendo aspavientos y golpeaba y soltaba el volante. Nos daba lo mismo lecciones de política que sobre la importancia de la puntualidad. Era una falta de respeto imperdonable ser impuntuales. «Hay gente que nace para esperar y gente que nace para llegar tarde. Vosotros sois de los que llegaréis tarde toda la vida», nos espetaba. Maestro republicano, represaliado y luego rescatado para la enseñanza, asumió la dirección del Colegio Juan XXIII de la Chana a petición de Don Rogelio Macías, el sacerdote promotor de los tres colegios que con el mismo nombre dieron servicio a los tres barrios obreros surgidos en la periferia de la ciudad de Granada. El Zaidín, La Chana y Cartuja.

Me subí al seiscientos por primera vez en el 15 de septiembre de 1971, cuando mis padres me matricularon para empezar segundo curso de primaria. Entonces iba yo sólo en el asiento de atrás. Para Don Antonio yo era Estebita. Por las mañanas, después de desearnos los buenos días, arrancaba el motor y bajábamos por la calle Alhamar. Al fondo se veía la Vega, detrás del paseo arbolado con grandes Plátanos de Indias del Camino de Ronda. En la esquina de Alhamar con el camino de Ronda se subía Doña Angelita, una joven y guapa maestra del Padul. Doña Angelita y Don Antonio se pasaban el camino conversando sobre la actualidad, es decir, sobre Franco, pero nos dejaban meter baza y preguntar. En el seillas se habló de las protestas y huelgas de principio de los setenta, que en Granada se saldaron trágicamente. También del atentado de Carrero Blanco y de cómo el nombramiento de Arias Navarro dejaba las cosas claras. ¡Franco lo va a dejar todo atado y bien atado!, decía Don Antonio con desesperación, golpeando el volante.

Recuerdo que solíamos llegar al colegio justo antes o justo después que La Corraleta, como llamaba Don Antonio Gálvez al Renault 4L cargado de Corrales, los hijos de Don Antonio Corral, maestro de primaria y padre de mi amigo íntimo Francisco Corral.

Durante los cinco años consecutivos que mediaron desde ese 15 de septiembre de 1971 hasta que Don Antonio Gálvez se jubiló, yendo y volviendo del colegio, vimos cambiar rápidamente el Camino de Ronda al tiempo que se veía cada vez más cerca el final de la dictadura. Aunque nadie se fiaba mucho de lo que pasaría después. Se talaron sus árboles para ampliar la calle y se empezaron a levantar bloques en altura que impedían ver la vega. El paseo arbolado abierto a la vega se convirtió en un largo túnel a cielo abierto flanqueado por altos paredones. En ese seiscientos, que no era blanco, hablábamos cada día de las últimas noticias sobre la lenta agonía del dictador y de las perspectivas que se abrirían tras su muerte. El dictador, que parecía que iba a vivir siempre, finalmente murió. ¡Españoles, Franco ha muerto! Así nos lo anunció el presidente del gobierno, el 20 de noviembre de 1975. Pero Don Antonio no se fiaba de Franco ni después de muerto. Y Arias Navarro, con su cara triste y compungida seguía gobernando.

Hubo un día, en plenas vacaciones navideñas, en que el seiscientos nos sorprendió pitando en la esquina de siempre mientras comíamos en el cuarto del fondo. Pi, Pii, Piiihihiii. Mi padre llegó corriendo apurado para meternos prisa. ¿No lo estáis oyendo?, ¡Don Antonio os está esperando en la esquina! No puede ser papá, estamos de vacaciones. ¿No habéis escuchado la radio? El gobierno ha suspendido las vacaciones, replicó mi padre. De Franco nos esperábamos cualquier cosa y el seiscientos sonaba desesperadamente. Pi, Pii, Piihihiiihiiii. Así que no lo nos lo pensamos más. Cogimos nuestra cartera y salimos corriendo a las tres y cinco minutos de la tarde, con la comida todavía en la boca. Ya en el ascensor, con los abrigos puestos, las mochilas a la espalda, mientras nuestra madre nos repeinaba, mis padres en lugar de cerrar la puerta del ascensor se pusieron a cantar, por primera vez en nuestra vida, “inocentes, inocentes, inocentes”. Y a los tres angelitos, que incrédulos mirábamos, levantando las barbillas, las bocas cantantes de nuestros padres, desde el interior del ascensor, se nos puso una cara de inocentes gilipollas que no se podía aguantar. Así descubrimos lo que se celebraba el 28 de diciembre y así perdimos la inocencia. Así empezó la Guerra de Los De Manuel Jerez. Guerra discontinua que se celebraba un solo día al año, cada veintiocho de diciembre. Pero esa es otra historia y será contada en otro lugar.

Acerca de estebandemanueljerez
Profesor e investigador en la acción por el Derecho a la Ciudad. Me emergen ensayos y relatos, de tarde en tarde poemas. Trabajo como profesor en la Universidad de Sevilla y colaboro con el Taller Ecosocial.

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